Historias de maestros

Simón Rodríguez: "el ejemplar de individualismo más sulfúreo y demoniaco"

Gabriel Murillo *

En la visión fulgurante del poeta, son tres las figuras destacadas por la frustración en el teatro romántico americano del Siglo XIX. Fray Servando Teresa de Mier, Francisco de Miranda y Simón Rodríguez, alcanzan la plenitud de modelos eminentes, del arquetipo que reúne las tradiciones americanas del calabozo y la ausencia, la imagen y la muerte. Fray Servando es el primero que inicia el camino del perseguido, primer escapado del señorío barroco hasta llegar al final de ver realizada la independencia de su país. Miranda, el primer gran americano que conquista en Europa un lugar apropiado a su destino vital. y Simón Rodríguez, de quien no nos basta repetir, imperturbables, el honroso título que le fuera conferido para sepultarlo en el panteón de los héroes: maestro del Libertador .

El deseo de Rousseau de lograr un retrato del hombre, pintado exactamente del natural y con toda naturalidad, no puede ser más irrealizable que cuando se trata de hombres que conocen las técnicas de "pintura de perfil", conocimiento que se obtiene gracias a un arriesgado e incesante proceso de búsqueda en sí mismo. ¿Cómo intentar trazar el retrato natural de este hombre cuyo perfil más definido él mismo cuidó de dibujar con finura? : "Yo no quiero parecerme a los árboles que echan raíces en un lugar, sino al viento, al agua, al sol, a todo lo que marcha sin cesar". No son visibles en él las nimiedades, las anécdotas, las travesuras, los amores, pues son todos ellos rasgos que "debilitan la impresión del personaje en el cuadro de una vida ilustre"; ni siquiera el momento de nacimiento, vana curiosidad, que no deja de ver el hecho de que "los bienhechores de la humanidad no nacen cuando empiezan a ver la luz sino cuando empiezan a alumbrar ellos"(1).

Aun su fecha de nacimiento es incierta, en el año l771. Hijo legítimo de don Cayetano Carreño y de doña Rosalía Rodríguez, muy pronto queda, junto a su hermano, bajo la tutela de un tío Rodríguez, el apellido que adoptará definitivamente cuando sobreviene la ruptura con la familia. Pero todo cuanto quisiéramos conocer de la formación del joven Simón pareciera ocultarse detrás de las nieblas del olvido. Acaso sólo nos queda seguir al biógrafo, dando cuenta de una paciente labor de ilustración " notabilísima para su época", engolfado en la lectura de Spinoza, Hobbes, Holbach, Rousseau y los enciclopedistas"(2) que no tardará en mostrar sus resultados.

1795 es el año que nos pennite reunir algunos indicios ciertos sobre la temprana actividad educativa del reformador. En la sesión del 20 de julio de este año, el Ayuntamiento de Caracas aprueba el nuevo plan de enseñanza que había sido presentado a su consideración desde mayo del año anterior por don Simón Narciso Rodríguez, bajo el título "Reflexiones sobre los defectos que vician la escuela de primeras letras en Caracas, y medios de lograr su reforma por un nuevo establecimiento". El nuevo plan es acogido con entusiasmo por los cabildantes "por ser una obra sumamente importante, y el principio y raíz de las buenas costumbres, instrucción y facilidad para formarse los niños, y ponerse en disposición de entrar en cualquier carrera"(3).

Al tiempo que el plan inicial de reforma ha merecido el reconocimiento público, en los despachos judiciales cursa el "expediente de la Real Audiencia de Caracas sobre el domicilio tutelar del menor Don Simón de Bolívar", La lectura minuciosa de dicho expediente ha permitido conocer no sólo los intríngulis de un complicado proceso que involucra a tantos actores como interesados en la tutela de un menor poseedor de una inmensa fortuna, sino también la génesis de las relaciones existentes entre los dos Simones. A la muerte de la madre de Bolívar, Rodríguez ejerce el oficio de maestro del huérfano, a la vez que desempeña la secretaría del abuelo don Feliciano Palacios y Blanco, ya en el año 1792. Con la muerte del abuelo, no sin antes haber dejado constancia testamentaria de que la tutoría y curadoría del menor Simón han sido encargadas interinamente a su hijo mayor don Carlos Palacios y Blanco, el "díscolo y desaplicado Simón" pareciera ir y venir entre la casa de su hermana María Antonia Bolívar, casada con don Pablo de Clemente y Francia, y la del ya mencionado don Carlos, quien por sus constantes ausencias ha delegado sus funciones de preceptor en el maestro de la escuela pública de primeras letras, "sujeto de notoria probidad y habilidad en su oficio". Pese a las continuas reclamaciones judiciales, alas maniobras para sustraer al pupilo "de la calle" e incorporarlo al Seminario Conciliar, urdidas por su hermana en connivencia con el Obispo, el Oidor de la Real Audiencia de Caracas, con fecha 14 de octubre de 1795, rinde testimonio de las declaraciones escuchadas al menor, según las cuales, "desea con ansia el volver al abrigo y casa de su tío y curador el citado don Carlos, continuando bajo las enseñanzas y direcciones de su maestro D. Simón Narciso Rodríguez"(4).

Si se mira el encuentro en la vida de los dos Simones más allá de un relato de episodios felices, esto es, como la realización de prácticas humanas que poco a poco han de ir configurando un tejido de las más finas relaciones en el ámbito social y cultural, es éste un suceso privilegiado que libera las dos fuerzas dominantes en el juego de un individuo que se reconoce habitante de la ciudad. Para el hombre que habita en la ciudad, la educación cívica y el amor a la patria son dos medios ideales en la formación del ciudadano que desea el Estado, cuya finalidad es la homogeneización de las relaciones que mantiene el hombre con el mundo circundante. Pero al lado de este ciudadano ideal de la República de Platón, han surgido otros hombres que han comenzado a pensar como individuos provistos de voluntad, como sujetos que reclaman el derecho a una identidad propia antes que ser meras fracciones de una comunidad ideal. Para este hombre moderno, el camino del civismo se define por la tensión entre dos fuerzas opuestas: el patriotismo y el cosmopolitismo; o la subordinación de los intereses del individuo en favor de la colectividad -lo cual amenaza el principio de libertad individual-, o la preeminencia del hombre sobre el ciudadano -caso en el cual amenaza con revocar el principio de igualdad-. En ambos extremos se sitúan dos tipos de educación diferentes: allí una educación pública destinada ala formación de las conductas y las acciones del ciudadano, aquí una educación doméstica puesta al servicio de la formación del individuo. Rousseau concebía esta última como un método de reconciliación que busca adaptar la naturaleza del hombre al estado social inevitable. Alcanzar una existencia ideal supone pasar, primero, por una fase de "educación negativa", la cual se extiende desde el nacimiento hasta la "edad del juicio", poco más o menos sobre los 15 años de edad, y después por una "educación social", que se prolonga hasta la muerte. La práctica de una buena sociabilidad plantea así un tercer camino viable para el hombre que antes creía agotarse en el dilema de reconocerse como habitante de su cuerpo, individuo físico y solitario, o como habitante de la ciudad, individuo social y político. El "Emilio" se nos ofrece como el modelo a ser imitado: el individuo moral que viviendo en sociedad no se enajena a una sociedad; que no busca lo ideal en lugar de lo real; que no espera lo hagan libre, sino que conquista su propia libertad. " Así de nuestra imperfección misma, nace nuestra frágil felicidad"(5).

De modo semejante a como han sido trazadas las dos sendas abiertas por el proyecto de educación primaria, el año 1797 marca un hito donde empieza quizás el viaje a través de sendas perdidas, o de la soñada reconciliación rousseauniana del hombre libre en el estado social. Comprometido en la conspiración de Güal y España, que buscaba deponer al Capitán General y cambiar el sistema de gobierno en la provincia venezolana, Simón Rodríguez decide embarcarse al exilio, para siempre exiliado de su tierra y aun de su nombre propio; desde entonces adoptará el nombre de Samuel Robinson, aquel Robinson que tanto aconsejaba Rousseau fuese llevado por el mundo como la única lectura provechosa.

Primero Kingston, escenario callejero en donde aprender las diversas modulaciones del habla inglesa; luego Baltimore, Estados Unidos, en el taller que le abre todos los secretos del trabajo de imprenta; después Bayona, París. Junto con Fray Servando Teresa de Mier, instalan una escuela de enseñanza del castellano, en cuyo laboratorio nace la traducción de " Atala" de Chateaubriand, obrita situada entonces en el apogeo del romanticismo.

Ya en 1804, los dos Simones se reúnen de nuevo en París. De acuerdo con el testimonio de O 'Leary , las penas de la viudez son sublimadas por medio del estudio de los filósofos escépticos: "Helvecio, Holbach, Hume, entre otros, fueron los autores cuyo estudio aconsejó Rodríguez"(6). A partir de marzo de 1805, emprenden juntos el viaje que, de París a Lyon, de Chambery a Milán -en donde contemplarán la pompa que rodea la recepción a Napoleón y luego a Pío Vil-, seguirá la ruta de aquellos amados lugares del sacro imperio romano: Venecia, Verona, Vicenza, Padua, Ferrara, Bolonia, Florencia y Roma: ¡la célebre admonición del Monte Sacro!

Al igual que sus contemporáneos de Europa, los románticos americanos asumen este viaje como una verdadera empresa de conocimiento, más que un andar desinteresado por las obligadas rutas del turismo. Es el viaje romántico a través del tiempo, cargados de presentimientos y de nostalgia por el pasado, valores que no han surgido de un mero capricho individual sino que han sido impuestos por el presente, un presente que anuncia el desplome inminente de la civilización. Remontarse hasta la cuna, es poder contemplar la grandeza debida al poder de creación humana, pero es también la posibilidad de ver el paso inexorable del tiempo. Contemplar las ruinas, para los románticos, es sentirse embargado de un doble sentimiento: "por un lado, una fascinación nostálgica por las construcciones debidas al genio de los hombres; por otro lado, la lúcida certeza, acompañada de una no menor fascinación ante la potencialidad destructora de la naturaleza y del tiempo.

Símbolos de la fugacidad, las ruinas llegan a nosotros como testimonios del vigor creativo de los hombres, pero también como huellas de su sumisión a la cadena de la mortalidad" (7).

Ante la contemplación de las ruinas monumentales del viejo imperio, Bolívar exclamaría: " ¿Conque éste es el pueblo de Rómulo y de Numa, de los Gracos y los Horacios, de Augusto y de Nerón, de César y de Bruto, de Tiberio y de Trajano? Aquí todas las grandezas han tenido su tipo y todas las miserias su cuna." (8). Muchos años después, al presentar su conmovedor saludo de bienvenida al viejo maestro recién llegado a tierras americanas, el Libertador habría de recordar este grito apasionado de libertad: ¿ "Se acuerda usted cuando fuimos juntos al Monte Sacro en Roma a jurar sobre esa tierra santa la libertad de la patria? Ciertamente, no habrá usted olvidado aquel día de eterna gloria para nosotros: día que anticipó, por decirlo así, un juramento a la misma esperanza que no debíamos tener"(9).

Despedidos los dos amigos en París, 1805, de nuevo las huellas disueltas en la arena del tiempo hacen casi imposible todo intento de reconstrucción de los pasos seguidos por este "hombre de ninguna parte". Para esta clase de hombres, los sucesos del pasado no pocas veces se presentan como figuras deleznables, accidentes perdidos en la memoria. "Los acontecimientos son como las nubes, siempre hay nubes pero nunca vuelven las figuras que hacen al pasar, aunque nos parezcan las mismas", escribe Simón Rodríguez en carta a un amigo(10). Cuanto más, hay que conformarse con imaginarle recorriendo Alemania, Turquía, Rusia, voraz asimilador de saberes y de lenguas nacionales, agudo observador como pocos. En Londres cuenta con la protección del cónsul de Francia, en donde cobra reputación y audiencia gracias a sus avanzados métodos de enseñanza de las matemáticas, la escritura y las lenguas, además de la práctica en teneduría de libros. Será él mismo quien nos presente una síntesis apretada de su preparación en la vida cosmopolita: "Permanecí en Europa por más de veinte años; trabajé en un laboratorio de química industrial, en donde aprendí algunas cosas; concurrí a juntas secretas de carácter socialista; oí de cerca al Padre Enfantin, a Olindo Rodríguez, a Pedro Leroux ya otros muchos que funcionaban como apóstoles de la secta; estudié un poco de literatura; aprendí lenguas, y regenté una escuela de primeras letras en un pueblecito de Rusia" (11).

Convencido al parecer por Andrés Bello en 1822 decide volver a América. Justificará su retorno animado por el doble propósito de contribuir a la fundación de las repúblicas y, especialmente, de la puesta en práctica de un vasto proyecto de reforma social. "Yo dejé la Europa ( donde había vivido veinte años seguidos) por venir a encontrarme con Bolívar; no para que me protegiese, sino para que hiciese valer mis ideas en favor de la causa. Estas ideas eran (y serán siempre) emprender una educación popular, para dar ser a la República imaginaria que rueda en los libros, y en los congresos"(12). No es su regreso un gesto de entrega de los principios que antes le hicieran renegar de falsos patriotismos y adentrarse en el ancho mundo; es, si se quiere, por el contrario, la postura más consecuente con su visión romántica que quiere ver realizado el ideal cosmopolita en modos históricos, concretos. Así el americano que aspira elevarse a la condición de ciudadano del mundo, ámbito real en que los hombres viven entre iguales, debe serlo a partir de su propia e inalienable ciudadanía, condicionada por su lugar y su tiempo. En carta al Libertador aclara: "Yo no he venido a la América porque nací en ella, sino porque tratan sus habitantes ahora de una cosa que me agrada, y me agrada porque es buena, porque el lugar es propio para la conferencia y para los ensayos, y porque es Ud. quien ha suscitado y sostiene la idea"(13).

Desembarcado en Cartagena a mediados de 1823, se traslada rápidamente a Bogotá, en donde, mientras espera a Bolívar, se encarga del establecimiento de una escuela en el ruinoso edificio que antes ocupara el Hospicio. De sus afanes por poner en marcha sus planes, da cuenta el doctor Miguel Peña en carta escrita a Bolívar, fechada en Bogotá el 21 de marzo de 1824: " Ahora me mueve otro asunto de importancia, y es la Casa de industria pública que se ha propuesto levantar en esta ciudad el señor Simón Rodríguez o Carreño... De lo que usted tal vez no está informado es que una Casa con este fin, donde se da educación a los jóvenes y se les hace aprender un oficio mecánico, fuera de los primeros indispensables conocimientos para vivir en sociedad, como escribir, contar, la gramática de su lengua, etc., es todo el objeto de sus más ardientes deseos. Mucho ha trabajado desde que llegó aquí para establecerla, y sólo a su infatigable constancia se debe el que le hayan concedido el edificio público, comúnmente llamado Hospicio, donde ha hecho algunos reparos y tiene algunos muchachos: pero le faltan fondos para montar su proyecto como quisiera, y según tengo entendido estos no exceden de 2 a 3.000 pesos: él suspira constantemente por usted, persuadido que si estuviera aquí, él llenaría su objeto. Tal vez sería una obra digna de usted el que tomase el establecimiento de estas casas bajo su protección. Los productos del trabajo, aplicados por terceras partes alas operaciones, Casa y director, pueden reembolsar en breve las sumas invertidas, y sin hacer ningún gasto, sino temporal, pueden conseguirse muchos bienes para el estado. Si el señor Rodríguez hubiese querido escoger otro modo de vivir, le hubieran sobrado acomodos de donde sacar más utilidad; pero él quiere servir a la patria con los conocimientos que ha adquirido en su larga mansión en Europa, y cree que no puede aplicarlos mejor que empleándolos en instruir y formar miembros que después de algunos años sean útiles a la sociedad. " y remata la carta con esta frase llena de presagios: "Si este hombre se pierde por falta de protección, no hallaremos otro"(14). Simón Rodríguez, evocando la experiencia bogotana, diría con amargura cómo querían comprometerlo "con la gente de mostrador y de ruana".

La salida de Bogotá es apenas el inicio de un continuo andar por sierras y valles andinos que no cesará hasta el mismo día de su muerte. ¿Cómo no pensar en el hondo sentimiento romántico que se estremece ante el llamado de la "madre tierra", profundas voces telúricas que articulan una oración de unidad cósmica, de reconciliación con el estado de naturaleza? Cómo no ver en este otro viaje que recomienza uno más hacia la "edad de oro", viaje hacia la utopía, que es también encaminarse a "la búsqueda de sí mismo y del más recóndito yo interior"? Va al encuentro con Bolívar en Lima. En el transcurso del azaroso viaje acompañado de tropas armadas no dejan de entrecruzarse las cartas, en las que el viejo Simón reitera su entusiasmo idealista, a la vez que sus aprensiones y temores por lo que podría pasarle a él y sus bienes: "Los soldados me han dejado, por mucha gracia, el pellejo; con ellos no sigo... Si me cogen los realistas hacen fiesta con mis papeles... tengo muchas cosas escritas para nuestro país, y sería lástima que se perdiesen" (15). El joven Simón, por su parte, expresa en acentuado tono lírico las nobles aspiraciones que les unen de realizar en suelo americano los proyectos de utopía que no pudieron tomar cuerpo en la cansada Europa: "Venga usted al Chimborazo: profane usted con su planta atrevida la escala de los titanes, la corona de la tierra, la almena inexpugnable del universo nuevo.

...Amigo de la naturaleza: venga usted a preguntarle su edad, su vida y su esencia primitivas; usted no ha visto en ese mundo caduco más que las reliquias y los desechos de la próvida madre; allá está encorvada con el peso de los años, de las enfermedades, del hálito pestífero de los hombres; aquí está doncella, inmaculada, hermosa, adornada por la mano misma del Creador…"(16).

La idea del carácter original de América constituye ciertamente uno de los puntos nodales en el discurso elaborado de Simón Rodríguez. Es un discurso en el que la tarea del pensar se asume como un modo de poner en ejercicio la función utópica; la filosofía es un saber de previsión "y consiste en conocer las cosas, para reglar nuestra conducta con ellas, según sus propiedades", es un saber que se apoya en la experiencia de lo posible, o para decirlo en términos pascalianos, la filosofía es una apuesta. Pero, sobre todo, es un saber de invención: "... no es sueño ni delirio, sino filosofía; ni el lugar donde esto se haga será imaginario, como el que se figuró el Canciller Tomás Moros: su utopía será, en realidad, la América". Todo en la América es original y es por esta razón que han de ser originales también sus nuevas formas de organización social, las instituciones que adopte, su gobierno; no hay otro dilema histórico: "o inventamos o erramos". En "Luces y virtudes sociales " (17), las páginas finales se ocupan del vivo contraste que ofrecen, de un lado, las promesas utópicas de los filósofos europeos, y del otro, la inacción entre los americanos derivada del afán por imitar todo. "La sabiduría de la Europa/ y la prosperidad de los Estados Unidos/ son dos enemigos de la libertad de pensar/... en América...". Poner el acento en la pluralidad de las culturas es la base conceptual de donde deriva la reivindicación del nacionalismo y del "alma popular", nociones características del pensamiento romántico decimonónico; es preciso confrontar el racionalismo iluminista mediante la valoración de los elementos simbólicos presentes en la vida humana, ya partir de los cuales la pregunta por la cultura se convierte en la pregunta por la sociedad como sujeto. De la misma manera que no cabe imitar sino la originalidad, los estadistas nacionales no han de consultar sino a la razón, "y ésta la hallaron en su suelo, en la índole de sus gentes, en el estado de las costumbres y en el de los conocimientos con que debían contar".

Tan pronto se produce el contacto en Lima, un numeroso séquito liderado por Bolívar sale de Lima con dirección al Alto Perú, el 11 de abril de 1825; en él va Rodríguez como Director de Instrucción Pública y de Beneficencia, encargado de establecer casas de educación por las ciudades donde pasaran. Arequipa, El Cuzco, otras poblaciones del departamento de Puno, luego la Paz, Oruro, Potosí, Chuquisaca. Aquí comienza a funcionar desde ello. de enero de 18261a que sería una Escuela modelo del proyecto de Educación popular, pero apenas sí alcanza a permanecer cinco meses en el cargo de dirección antes de la aparición de sus desavenencias con el general Sucre. Meses después, en una patética carta en que invoca el "muysagrado nombre de la amistad", hará este deprimente balance de sus fracasos: "Dos ensayos llevo hechos en América, y nadie ha traslucido el espíritu de mi plan. En Bogotá hice algo y apenas me entendieron: en Chuquisaca hice más y me entendieron menos; al verme recoger niños pobres, unos piensan que mi intención es hacerme llevar al cielo por los huérfanos..., y otros que conspiro a desmoralizarlos para que me acompañen al infierno. Sólo Ud. sabe, porque lo ve como yo, que para hacer repúblicas, es menester gente nueva; y que de la que se llama decente lo más que se puede conseguir es el que no ofenda"(18).

Arriba a Arequipa en septiembre de 1829, en donde se consagra ala par a labores de impresión de sus escritos y fabricante de velas. Editará sucesivamente, "Sociedades americanas en 1828", el opúsculo titulado "El Libertador del mediodía de América y sus compañeros de armas defendidos por un amigo de la causa social" y "Observaciones sobre el terreno de Vincocaya con respecto a la empresa de desviar el curso natural de sus aguas por el río Zumbai al de Arequipa". En el citado opúsculo es relevante la exaltación revolucionaria del héroe, íntimamente vinculada a la de la idea de colectividad, (singular procedimiento que asumiera el romanticismo de la época en la definición del cambio en el sentido de cultura.) No es Bolívar el objeto de la defensa, porque no lo necesita: "se defiende la causa de los pueblos, justificando las intenciones y la conducta de sus jefes" (19). Pero a finales del año acaece la muerte de su amigo. " ¡Murió Bolívar, y desde entonces vivo vagando en el abandono y el olvido!" (20).

Emigra a Chile, y publica en Concepción una primera versión del texto "Luces y virtudes sociales" en 1834, el mismo que habrá de ser corregido y aumentado en la edición de Valparaíso en 1840. A raíz del terremoto que sacude aquella ciudad, en 1835, es coautor del "Informe presentado a la intendencia de la provincia de Concepción de Chile por Ambrosio Lozier, Simón Rodríguez y Juan José Arteaga, nombrados para reconocer la ciudad de Concepción y sus cercanías". En un barrio apartado de Valparaíso monta una escuela en el mismo lugar donde opera la fábrica de velas; en la puerta de entrada léese esta inscripción: "Luces y virtudes americanas, esto es, velas de sebo, paciencia, jabón, resignación, cola fuerte, amor al trabajo"(21). Desgarrada ironía que deja traslucir un deseo latente de retornar a Europa, porque "en América no sirve para nada". Unas líneas que escribiera a un tal señor Pérez delatan mejor su estado de ánimo: "... diré que nadie tiene la culpa de lo que me ha sucedido en mi viaje a América. -Hay ideas que no son del tiempo presente, aunque sean modernas, ni de moda, aunque sean nuevas.- Por querer enseñar más de lo que todos aprenden, pocos me han entendido, muchos me han despreciado, y algunos se han tomado el trabajo de perseguime; -por querer hacer mucho no he hecho nada, y por querer valer a otros, he llegado a términos de no poder valerme a mí mismo"(22).

Allí publicará también una serie de once artículos aparecidos en "El Mercurio" bajo el título "Partidos", en el transcurso del mes de febrero de 1840. Tres años después editará en Lima "Crítica de las providencias del gobierno", seis números en aparición periódica. Durante los años 40' no cesará de deambular por los más esparcidos rincones de la geografía andina ejerciendo los más variados oficios: agricultor, fabricante de velas y de pólvora, administrador de las minas de sal de propiedad' del General F1óres, pero sobre todo, maestro y publicista. En Latacunga le vemos desde 1845 ejerciendo como profesor de botánica y agricultura, honroso compromiso que ha contraído gracias a la comprensión intelectual del doctor Rafael María Vásquez, rector del Colegio de San Vicente, una ocasión más para realizar planes de reforma, ahora contenidos en "Consejos de amigo, dados al Colegio de Latacunga", También en Túquerres funda una escuela, y desde allí envía loS artículoS que publicará " El Neo-granadino" de Bogotá durante abril y mayo de 1849 Con el título "Extracto Sucinto de mi obra sobre la educación republicana",

Comprendemos ahora los cuidados de que fueron objeto estos papeles por parte de su autor, loS mismos que se fundan en una certeza lúcida acerca de la finitud de las obras humanas, Dice el viejo Simón: "La meditación y la experiencia me han suministrado luces, Necesito un candelabro donde colocarlas: ese candelabro es la imprenta, Ando paseando mis manuscritos Como los italianos sus titirimundis. Soy viejo, y aunque robusto, temo dejar de un día para otro un baúl lleno de ideas para pasto de algún gacetero, Temo morirme sin dejar mi obra publicada: si así sucede, yo habré perdido un poco de gloria, que pronto se olvida en el sepulcro; pero los americanos habrán perdido algo más, pues no puede serles indiferente el ser señores de su suelo, o el cultivarlo para sus señores; el conservar un nombre que los recomiende, o e tener que tomar otro para existir(23). Ese baúl fue consumido por las llamas del incendio que asoló a Guayaquil en 1896.

Tres meses antes de su muerte en San Nicolás de Amotape, el 28 de febrero de 1854, todavía escribe a sus amigos, pero tal vez ahora es la escritura de un epitafio:

" Adiós amigo
Deseo a Usted Como para mí
salud para que no sienta que vive
Distracción para que no piense en lo que es.
y muerte repentina
para que no tenga el dolor
de despedirse de lo que ama,
y de sí mismo para siempre."(24)

NOTAS

(0) El epígrafe es tomado de José Lezama Lima. La expresión americana. Madrid, Alianza editorial, 1978, p. 98.

(1) RODRIGUEZ, Simón , citado en: Lozano y Lozano, Fabio. El maestro del Libertador. París, Librería Ollendorff, s. f., p. 135.

(2) Ibíd., p. 34.

(3) Citado en: GUEVARA, Arturo. Introducción y notas en "Consejos de amigos dados al Colegio de Latacunga, por Simón Rodríguez". Caracas, Imprenta Nacional, 1955, p. 24.

(4) Ibíd., pp. 12-38. (La transcripción conserva la ortografía original).

(5) TZVETAN, Todorov. Frágil felicidad -un estudio sobre Rousseau. Cedisa ed., Barcelona, 1986, p. 101.

(6) O'Leary. Memorias. Citado en Guevara, Arturo. Op. cit., p. 86.

(7) ARGULLOL, Rafael. La atracción del abismo. Barcelona, ed. Bruguera, 1983, p. 11.

(8) Juramento del Monte Sacro. Transcrito por Fabio Lozano y Lozano, Op. cit., pp. 66-70.

(9) Ibíd., p. 78.

(10) Carta a Roberto Azcásubi, 20 de julio de 1845. En GUEVARA, Arturo. Op. cit., apéndice m, p. 221.

(11) Citado en LOZANO y LOZANO, F. op. cit., pp. 75-76.

(12) Citado en GUEVARA, Arturo, Op. cit., p. 92.

(13) Carta a Simón Bolívar. Guayaquil, enero 7 de 1825. En: Escritos de Simón Rodríguez. Caracas, Imprenta Nacional, 1954. Vol. n, p. 358.

(14) LOZANO y LOZANO, F. Op. cit., pp. 82-84.

(15) Carta al Libertador de Colombia, Guayaquil, 30 de noviembre de 1824. En: Escritos, V. n, p. 357.

(16) Carta de Pativilca, 19 de enero de 1824. En: Lozano y L., F., op. cit., pp. 77-81.

(17) Luces y virtudes sociales. En: Escritos, V. n, ps. 139-144.

(18) Carta a Sim6n Bolívar, Omro, 30 de septiembre de 1827. En: Escritos, V. II, pp. 359-365.

(19) Citado en LOZANO y LOZANO, F. Op. cit., p. 133.

(20) Citado en GUEVARA, Arturo. Op. cit., p. 105.

(21) LOZANO y LOZANO, F. Op. cit., p. 177.

(22) lbíd.,pp.173-174.

(23) lbíd., pp. 189-190. (El subrayado es del autor)

(24) Citado en GUEVARA, Arturo. Op. cit., p. 124.

* Profesor de Cátedra, Facultad de Educación, Universidad de Antioquia.