Teatro

Mirando la butaca desde el escenario

Apreciación teatral

Victor Viviescas*

1. El teatro es un lugar de encuentro

En últimas lo que sucede en una representación teatral es un encuentro. Podemos despojar al teatro de los elementos que sucesivamente ha ido incorporando a su espectacularidad, podemos reducir algunos componentes de su materialidad, lo que la convencionalidad asumida le ha abonado; renunciar a los distintos roles que la producción ha determinado como integrantes del equipo productor de la representación teatral; podemos, pues, abandonar el terreno del gran espectáculo y conservar únicamente al actor y al espectador, hechos presencia viva en la comunidad de un momento compartido, y el teatro se restablece. Esta mínima presencia doble instaura el hecho teatral.

El teatro es un lugar que provoca el encuentro; un diálogo vital entre el actor y el espectador genera el fenómeno teatral, este diálogo esta propensión al intercambio es la mínima exigencia para que una experiencia teatral lo sea.

Pero además, el teatro en tanto diálogo supone la existencia de dos agentes activos, es decir, no se satisface con una relación unidireccional de oferta –del actor– y consumo –del espectador–, sino que exige para su verificación de una disponibilidad de ambos sujetos para la participación. Por lo tanto, si lo que requiere para su ocurrencia es mínimo, sólo la pareja actor-espectador, lo que exige de cada uno de ellos es complejo: la osadía de aventurarse a un intercambio.

El acontecimiento teatral propone un espacio de interacción que ofrece la alternativa de una transformación vital del hombre: de su forma de pensar, de sentir, de mirar, de desear, de representarse el mundo. Una transformación, es decir, una mínima modificación significativa en su espectro vital. Pero en el de ambos: en el del escenario y en el de la butaca. La significación real del arte pertenece a quienes pueden aplicarle sus propias vidas, generando su acontecimiento, e integrarlo a ellas suscitando su permanencia. Pero, de nuevo, a lado y lado de la línea que divide el escenario y la platea.

Mirando la butaca desde el escenario, anhelamos una actividad febril que tienda un puente sólido hacia el actor, ¡que lo atrape!

2. Desde la butaca hacia el escenario

Ahora bien, en tanto diálogo e intercambio el acontecimiento teatral supone en primera instancia una inmensa capacidad de percepción; percibir, es decir, estar en; provocar una apertura de lo sensible, de lo imaginario, de lo sensitivo, de lo racional desde la butaca hacia el escenario.

La representación teatral es sobre todo un performance, es decir, algo que ocurre. Es un acontecimiento, un suceso en proceso en el tiempo y en el espacio, que se desarrolla simultáneamente por múltiples canales y estimulando múltiples centros receptivos, tanto del actor como del espectador.

La representación teatral es un acontecimiento que participa del orden de lo visivo, lo sonoro, lo olfativo, lo táctil. Se aloja en un cruce de caminos entre lo real y lo ficcional provocando lo cognitivo, lo asociativo, lo imaginario. Asume una doble dimensión de materialidad –concretando a través de la corporeidad física del actor la presunción del personaje ficcional– y evocación –detonando la producción imaginante del espectador desde la provocación que la escena constituye–.

En esta medida, una percepción fina del espectador enriquecerá la experiencia que ofrece el acontecimiento teatral. Una percepción dilatada o difusa despojará de sentido hasta la más rica propuesta escénica.

3. La representación teatral es un fenómeno participativo

El espectáculo teatral es un acontecimiento vívido. Propone y realiza un suceso que ocurre por la relación de los actores con el público, es participativo.

Es un hecho asumido que el actor proyecta su acción en función del público, es su quehacer. Pero la percepción del espectador afecta la dinámica del espectáculo en tanto que sus respuestas son también percibid as por el actor.

Aunque usualmente el actor trabaja de acuerdo con una partitura del espectáculo previamente diseñada, ésta permite, o mejor, está sometida a ligeras modificaciones debidas a las perceptibles manifestaciones continuas del público.

La representación teatral funda su especificidad en ofrecerse simultáneamente por múltiples canales, se ve, se oye, se siente, de una forma continua –es sucesiva en el tiempo real sin permitirle al espectador el retroceder, el releer del suspender el flujo de la representación y es irrepetible, ocurre como acontecimiento único en cada edición de la representación.

En este sentido, como acontecimiento complejo y único, participa de lo inesperado para el espectador, pero también para el actor.

Pero desde el espectador es un acontecimiento original y único. La escena teatral es un universo variado, múltiple, fragmentario, difractado en múltiples espejos que requiere de sí –del espectador– una actividad creadora reunificante. Si el universo creado por el actor está atravesado por una pulsión disgregante, la actividad creativa del espectador requiere un principio reconstitutivo, un principio nucleador para construir la unidad de la escena. Para, sobre todo, a partir de esa unidad provocar su re-disgresión, su propia operación lúdica.

y todo esto es una operación que exige al espectador –como en el proceso de construcción de la obra ha exigido al actor– la misma pulsión escrutadora, inquisitiva, para procesar la materialidad de la escena.

Es un lugar común de los actores el referir que nunca dos funciones de la misma pieza son iguales. A diferencia del film cinematográfico que capta un momento vívido y lo eterniza en la cinta, para el actor de teatro cada momento de la pieza se realiza justamente en ese momento. Es irrepetible. Aunque la lógica del espectáculo exija que éste sea siempre igual, su actualización se afecta de diferencias y gradaciones que lo hacen siempre irrepetible, único.

Esta condición efímera de la escena se ve comprometida aún más por la multiplicidad de canales por los que se ofrece. Un gesto aislado de un actor es simultáneamente material visivo y sonoro que, eventualmente, puede remitir a mensajes contradictorios según sea leído en su materialidad visiva o sonora. Entonces, de nuevo, nos hallamos ante la expectativa de un espectador sumamente perceptivo. De un espectador todo ojos, todo oídos, todo cuerpo sensible-sentible.

4. Ver no es mirar, oír no es escuchar, pero sentir deberá ser percibir

Todo el material que ofrece la escena teatral será de modo diverso captado por distintos espectadores porque en tanto que espectador teatral, se nos invita a mirar y no sólo a ver.

La acción fundamental del espectador es mirar y este mirar es un acto voluntario, es ya un hacer del espectador con relación al espectáculo; lo mismo que decimos respecto al material visivo puede plantearse con relación al material sonoro ya los demás materiales de la escena. Aunque todos los espectadores oyen, su forma de escuchar difiere. Porque en el acontecimiento teatral no se trata tan solo de captar sino también de seleccionar e integrar en un contexto; construir, en suma reinventar la pieza a partir de las materialidades que nos afectan.

Por lo tanto, percibir será sentir. Porque del espectador no esperamos tan solo que registre, sino que articule en un contexto amplio –en el de la totalidad de la escena, pero también en el de su complejidad vital–. En este sentido la capacidad perceptiva del espectador se verá afectada por su sensibilidad y su propia cultura.

5. La escena es un encuentro y un desafío

En el aspecto general de la relación que se establece entre la sala y la audiencia, cada nuevo espectáculo ofrece al espectador una doble paradoja: Un nivel conservador de permanencia que recoge cierta tradición cultural que establece un puente común entre el actor y el espectador, un lugar de seguridad, y un nivel transgresor, original que subvierte la tradición, que pone en crisis lo estatuido y que se aventura a suscitar nuevas formas de percibir el mundo.

Esta doble oferta actúa a su vez sobre dos tradiciones, sobre dos espacios culturales de proyección del hecho escénico: de la obra con relación a la vida social, valga decir de la realidad escénica con relación ala realidad cotidiana; y de la obra con relación ala cultura teatral del espectador –de esta pieza concreta con relación al universo de obras teatrales–.

Provocación y afirmación en el doble eje de lo percibido en relación a lo vivido y de lo percibido con relación al imaginario estatuido, al modo de representar que el espectador ha cultivado. Provocación y afirmación. entonces, que hacen que el encuentro teatral transcurra por un campo de tensiones, por un forcejeo entre el espectador y el actor en un terreno abonado por la inercia de la permanencia y el peligro de la aniquilación.

Es cierto que no hay nada nuevo bajo el sol pero también es cierto que la creación artística es una carrera contra el azar para lograr, mediante la manipulación de viejos y permanentes materiales, una reconstrucción original que los ilumine con un nuevo sentido. Si en el proceso de construcción de la obra el creador se compromete excesivamente con el eje de la permanencia, su obra tendrá una mínima capacidad de ofrecer alternativas de transformación y apropiación del arte por el espectador. Su experiencia será carente de dinamismo, en el mismo sentido, si el espectador se afirma en la permanencia de la tradición, podrá ver el espectáculo como un objeto muerto, sin mirar en él lo nuevo, sin percibir propiamente el espectáculo.

Hay que decir que otro peligro también existe. Un afán de originalidad puede cortar todo vínculo con el espectador y hacerlo testigo mudo y pasivo de un acontecimiento exótico o hermenéutico.

6. Expectativas y realizaciones. Deseo y placer

Un primer sentido de la percepción de la obra escénica estaría entonces vinculado con las expectativas –el deseo– del espectador y las realizaciones (el placer) que le ofrece el espectáculo.

Es aceptable decir que cada espectador tiene una presunción del deber ser y el deber ofrecer del teatro. Existe, poseemos una imagen de lo que el teatro es. y es a esta imagen a la que se vincula cada nuevo acontecimiento teatral. Es por y contra esta imagen que abordamos una lectura inmediata de lo que la escena ofrece.

Esta participación como espectadores del suceso teatral nos anuncia un doble placer representado por el reconocimiento –que nos vincula, que nos acoge– y el descubrimiento –que nos sorprende, que nos dispersa–. Es ese proceso puntual de afirmación-dispersión que posterga la reconstrucción del espectador hasta tanto la obra finalice lo que establece un campo de tensiones que se emparimenta con el juego, que permite al espectador ser constructor de su propia obra, hacerse partícipe del evento creativo.

7. Simultaneidad-continuidad

Imagen fotográfica: "El escenario se ilumina. La escena contiene dos camas, varias valijas, una mesa con utensilios de cocina. Un hombre reposa en una de las camas mientras lee un libro. El otro se frota las piernas en una de las dos sillas a lado y lado de la mesa".

Durante un único instante el espectador observa esta imagen fotográfica: a partir de entonces, durante dos obras veinte minutos todos estos elementos evolucionarán en el espacio y el tiempo.

La escena teatral transcurre simultáneamente en dos ejes y establece su sentido por la interrelación entre ambos: el eje de la simultaneidad: lo que coexiste en un momento o en un espacio dados y el eje de la continuidad: lo que evoluciona o permanece en el espacio y el tiempo.

Exhibíamos antes una doble característica de la representación teatral: el ofrecerse por múltiples canales y el hacerlo como flujo continuo, discurso no detenible a voluntad del espectador. Es lícito suponer que el realizador teatral contempla esta doble característica al momento de enfrentar la construcción de la pieza. De hecho, será a su utilización consciente o perceptiva a la que recurrirá para construir la pieza.

Pero lo que es relevante, ubicándonos en el momento de la representación, es que el espectador reconstruye la grafía del espectáculo estableciendo sus propias conexiones entre los elementos dispersos, aplicando cortes al continuom de la representación, postulando sus propias unidades, es decir, el espectador realiza su propia disgregación y dispersión de elementos y los reconstruye de acuerdo con su propio sentido de la unidad –o el que el espectáculo le permite inferir–; ahora bien, este poder demiúrgico del espectador exige de él una percepción activa y una operación compleja, a riesgo de reducir toda la experiencia teatral a un asunto vacuo.

Queremos insistir en esto. Podríamos suponer la obra como construida por una sucesión de fotogramas estáticos. En cada momento la situación teatral se evidencia por la relación entre el actor y la acción, entre el actor y los otros actores, y el espacio, las luces, los objetos, los sonidos, etc. y por la relación, a través del actor, de todos estos elementos materiales entre sí; pero, también la evolución de la situación teatral se evidencia en las transformaciones que captamos entre un fotograma y el siguiente o entre éste y el que está diez posiciones adelante o atrás. Transformaciones que captamos por los elementos que se conservan, los que se modifican, los que desaparecen. Es esta inserción de los dos ejes entre sí, de uno en otro, lo que dota a la escena de sentido y fundamentalmente, lo que se ofrece al espectador como campo para su actividad perceptiva e imaginante.

De alguna forma, entonces, (y quizás provocado por el espectáculo mismo) el espectador debe estar dotado de una gran capacidad para recordar y olvidar. Recordar para actualizar un hecho, una circunstancia o un objeto material en relación con un momento dado, para establecer un principio de unidad. Olvidar para ofrecerse un campo nuevo donde arraigar lo inesperado de la escena.

Son estas gradaciones en la atención y aprehensión de la escena las que configuran el sentido de la misma, es decir, el sentido con que el espectador dota la escena; es toda esta operación de descubrir lo que permite al espectador su participación en el desarrollo de la obra; lo que le permite sentirse constructor de la misma.

En el mismo sentido está la experiencia del lector literario, pero por mecanismos diferentes, el espectador teatral construye él mismo la obra en que participa. y de nuevo encontramos aquí el placer que produce el ser espectador teatral vinculado aun hacer, aun construir.

8. El espectador construye un sentido

No hemos hablado hasta ahora de qué es, específicamente, lo que entendemos por los elementos constitutivos de la escena teatral. Pero aún sin hacer una referencia explícita a esa cuestión es preciso salirle al paso a una posible interpretación que reduce la dimensión del fenómeno teatral, tal como aquí lo estamos postulando.

El espectador construye un sentido, el espectador no infiere meramente los hilos de una trama, no descubre una fábula, no construye una historia; sería vacuo reducir a sólo ésto el acontecimiento teatral. Por sobre todo, el espectador construye un sentido que lo involucra vitalmente en el acontecimiento teatral y que lo vincula con su propia historia y con la de los otros espectadores y actores.

9. Construir

El sentido de la obra no existe en sí, se construye o mejor, se está construyendo. Es un proyecto que no está predeterminado, que no existe previamente. La escena teatral y el espectador se integran en un devenir que acontece aquí y ahora construyendo un sentido.

En este aspecto es conveniente resaltar cómo es posible que el espectáculo se ofrezca al público como material para actuar con él participativamente y no meramente como mensaje para ser decodificado y consumido.

La obra de teatro es además polivalente, es decir, suscita lecturas diversas en el espectador que le permiten inferir sentidos y significaciones, no solamente hacer una operación de traducción.

Recuperamos de nuevo la noción del teatro como espacio de encuentro. El ver y el mirar del espectador están determinados por su ser y determinan también su intervención en la obra. El espacio escénico provoca y genera esta intervención, y se hace campo propicio para la operación lúdica del espectador, para que su apropiación de la obra se verifique.

En tanto sujeto activo en el proceso teatral el espectador aporta su propia cultura, su propia sensibilidad y su propio imaginario para dinamizar el conflicto entre él y la escena, conflicto que es en últimas la representación teatral.

* Profesor Facultad de Artes. Universidad de Antioquia.